FUNDAMENTOS DEL DIEZMO
¿QUIÉNES SOMOS ADMINISTRADORES DE LOS BIENES?
¿CÓMO SE MANIFIESTA EL BIEN COMÚN?
INTRODUCCION
¿Quiénes son los Padres de
Con la expresión Padres de
Ellos
ahora nos vienen a iluminar sobre el sentido de la caridad, del ayuno, del bien
común, de la avaricia y de la comunicación de los bienes, entenderlos
correctamente nos permitirá ordenar muchos aspectos de nuestra vida al tener
una recta visión sobre que es lo el Señor pide a cada uno de sus hijos.
Como se puede ver, la antigüedad es una característica común a
unos y a otros, y es tanto más importante cuanto mayor sea, pues a causa de
ella son testimonios de la fe y de
El valor del legado de los Padres y su significado para
«Padres de
(Carta apostólica Patres Ecclesiae,
con ocasión del XVI centenario de la muerte de San Basilio, edición castellana
del «Osservatore Romano», 27-I-1980).
Ellos ahora nos vienen a iluminar sobre el sentido de la caridad,
del ayuno, del bien común, de la avaricia y de la comunicación de los bienes,
entenderlos correctamente nos permitirá ordenar muchos aspectos de nuestra vida
al tener una recta visión sobre que es lo el Señor pide a cada uno de sus
hijos.
¿QUIÉNES SOMOS ADMINISTRADORES DE LOS
BIENES?
Eres administrador de lo que tienes
Entiende, hombre, quién te ha dado lo que tienes, acuérdate de quién eres, qué
administras, de quién has recibido, por qué has sido preferido a otros. Has
sido hecho servidor de Dios, administrador de los que son, como tú, siervos de
Dios; no te imagines que todo ha sido preparado
exclusivamente para tu vientre. Piensa que lo que tienes entre manos es cosa
ajena. Te alegra por un tiempo, luego se te escurre y desaparece; pero de todo
se te pedirá estrecha cuenta (S. Basilio, H. Destruam
2).
No seamos malos administradores
No seamos, amigos y hermanos míos, en manera alguna malos administradores de lo
que nos ha sido dado, no sea que hayamos de oír a Pedro que nos dice:
«Avergonzaos los que retenéis lo ajeno; imitad la equidad de Dios y no habrá
ningún pobre» (Ex apost. const. Clementis) (S. Gregorio Nacianceno, D. 14 amor pobres 24).
Somos administradores de lo ajeno
Que cada uno de vosotros se dé cuenta de que es administrador de lo ajeno; que
cada uno arroje de su alma toda soberbia de señorío y propiedad, y tome más
bien la actitud de humildad y cautela que conviene al que es súbdito y
administrador. Como quien a cada momento está esperando la llegada del amo,
escribe con la cuenta que te justifique. Eres inquilino, y sólo por poco tiempo
se te ha concedido el uso de lo que tienes confiado (S. Atanasio, H.
Mayordomo inicuo).
Eres administrador de lo que pertenece a Dios
(...) Porque aun cuando se trate de herencia paterna, aun así eres
administrador de cuanto tienes, aun así pertenece todo a Dios (S. Juan
Crisóstomo, Mt h. 77, 4).
¿QUÉ ES
La avaricia esclaviza
Terrible cosa es, terrible la avaricia, que embota Ojos y Oídos Y hace a sus
víctimas más fieros que una fiera. La avaricia no deja Pensar e,1 la conciencia ni en la amistad ni en la salvación de la
propia alma; de todo aparta de un golpe y, como una dura tirana, hace esclavos
Suyos a quienes se dejan prender por ella (S. Juan Crisóstomo Jo h. 65, 3)
La avaricia no es sólo la concupiscencia de lo ajeno
La avaricia no consiste sólo en la concupiscencia de lo ajeno. Lo que parece
que es nuestro, es ajeno, pues nada es nuestro, porque todas las cosas son de
Dios, a quien pertenecemos también nosotros mismos. Si sufrimos alguna pérdida
y la llevamos con impaciencia, doliéndonos de perder lo que no es nuestro,
damos a entender que no estamos libres aún de la avaricia. Amamos lo ajeno,
cuando soportamos difícilmente la pérdida de lo ajeno. Quien se deja llevar por
la impaciencia, anteponiendo los bienes terrenos a los celestiales, peca directamente
contra Dios, pues aniquila el espíritu que recibió de Dios en atención a los
bienes de este siglo. Así, pues, renunciemos con buen ánimo a las cosas de este
mundo y busquemos las celestiales. Aunque todos los bienes de este siglo
perezcan, poco importa si se incrementa nuestra paciencia. Si alguno lleva mal
el verse privado por el hurto, la violencia o incluso la pereza de una pequeña
parte de lo que posee, ¿se puede esperar que se desprenda de parte de sus
bienes para hacer limosnas? (Tertuliano Sobre paciencia 7).
Hay que huir de la avaricia
Debes huir de la avaricia, no sólo no codiciando los bienes ajenos (lo cual
hasta lo prohiben las leyes civiles), Sino incluso
110 reservando J~ riquezas que posees, que no son
propiamente tuyas. «Si en lo ajeno -dice- no fuisteis fieles, lo que es
vuestro, ¿quién os lo entregará? (L 16, 21). El oro y la plata son
ajenos para nosotros porque nuestra herencia es espiritual. En otro lugar
sagrado se dice: «La redención del alma del varón son sus propias riquezas» (Pr 13, 8). Y también: «Nadie puede servir a dos
señores, porque o odiará a uno y al otro amará, o aguantará a uno y al otro
despreciará» (Mt 6, 24) (S. Jerónimo, ep. 22, 31).
Abunde tu ayuno con limosna
Abunden los ayunos de los cristianos en la distribución de las limosnas y en el
cuidado de los pobres, y lo que cada uno quita a goces lo emplee en los
enfermos e indigentes. Háganse buenas obras para que todos con una sola boca
bendigan a Dios y quien dé alguna parte de sus riquezas entienda que es
ministro de la misericordia divina que puso la parte del pobre en la mano del
liberal. Los pecados que lavan el bautismo de agua o las lágrimas de penitencia
también son borrados por las limosnas, según dice
No sirve para el cielo
Yo sé de muchos que ayunan, hacen oración, gimen y suspiran, practican toda
piedad que no suponga gasto, pero que no sueltan un óbolo para los necesitados.
¿De qué les aprovecha toda esa piedad? ¡No se les admitirá en el reino de los
cielos! (S. Basilio, H. contra ricos 3).
¿CÓMO SE MANIFIESTA EL BIEN COMÚN?
Búsqueda del bien común y semejanza divina
(...) cuando establece sus leyes acerca de la limosna y humanidad y de la
misericordia de que hemos de estar animados, nos pone delante un galardón muy
superior al reino mismo de los cielos: «Para que seáis -dice- semejantes a
vuestro Padre del cielo» (Mt 5, 45). Así, las
leyes que señaladamente hacen a los hombres semejantes a Dios, en cuanto cabe
que los hombres se asemejen a Dios, son las que miran al provecho y bien común.
Y queriendo Cristo dar a entender eso mismo, decía: «Porque Él hace salir su
sol sobre los malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 45). Así vosotros, empleando según vuestras
fuerzas lo que tenéis en común provecho, imitad al que distribuye sus bienes
por igual a todos (S. Juan Crisóstomo, Sobre la fe h. 1, 7).
Vivir es sobre todo servir al bien común
En lo terreno, nadie vive para sí solo. El artesano, el soldado, el labrador,
el comerciante, todos sin excepción, contribuyen al bien común y al provecho
del prójimo. Pues con mayor razón ha de hacerse así en lo espiritual. Porque
esto es sobre todo vivir. El que sólo vive para si y desprecia a todos los
demás, es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje (S.
Juan Crisóstomo, Mt h. 77, 6).
El que busca el bien común no daña su bien
«Pues qué -me dices-, ¿voy a descuidar mis asuntos para atender los ajenos?»
No, no es posible que quien atiende a lo ajeno descuide lo propio. El que busca
el interés de los demás, a nadie causa pena, a todos compadece y ayuda según
sus fuerzas; a nadie le quita nada, ni le defrauda, ni le roba, ni le levanta
falso testimonio; se aparta de toda maldad y se abraza a toda virtud; ruega por
sus enemigos y hace bien a quienes buscan su mal; a nadie injuria, a nadie
maldice, aun cuando a él de mil maneras se le maldiga, sino que repite las
palabras del apóstol: «Quién está enfermo y yo no me pongo enfermo? ¿Quién se
escandaliza y yo no me abraso?» En cambio de buscar nuestro interés, no se
sigue necesariamente el interés de los demás (S. Juan Crisóstomo, Mt h. 77, 6).
Bien que hace bueno y bien para hacer el bien
Hay un bien que hace bueno y un bien con el que puedes hacer bien. El bien que
te hace bueno es Dios, porque no puede hacer bueno al hombre a no ser Aquel que
es la misma bondad. Luego, para ser bueno, invoca a Dios. Pero hay otro bien
con el que puedes hacer bien; es decir, todo lo que tuvieres. El oro y la plata
son bienes que no te pueden hacer bueno, pero con los que puedes hacer el bien.
Tienes oro, tienes plata y apeteces oro y apeteces plata. Tienes y deseas más;
estás hinchado y aún tienes sed. Esto es enfermedad, no opulencia (S.
Agustín, se. 61, n. 3).
Bienes que concede Dios al hombre con la condición de
usarlos rectamente
Dios, sapientísimo creador y justísimo ordenador de todas las naturalezas, que
concedió al hombre la máxima dignidad entre los seres de la tierra, le dio
ciertos bienes convenientes a esta vida; es decir, la paz temporal según la
medida de la vida mortal para su conservación, incolumidad y sociabilidad. Le
concedió también todas las cosas necesarias para conservar y recuperar esta
paz, como lo que es apto y conveniente para los sentidos, la luz, la noche, las
auras respirables, las aguas potables, y todo lo que es apto para alimentar,
vestir, curar y adornar el cuerpo. Todo eso nos lo concedió con una condición justísima: que el mortal que usara rectamente de tales
bienes, ajustándose a la paz de los mortales, recibiría bienes mayores y
mejores, a saber, la misma paz inmortal y la gloria y el honor conveniente a
ella, de gozar a Dios en la vida eterna y al prójimo en Dios. Pero quien use
mal no recibirá aquellos bienes y perderá éstos (S.
Agustín, Ciudad de Dios 19, 13, 2).
Su fin
Obraremos mucho mejor y con mayor seguridad si entendemos que Dios creó todas
las cosas y las puso en este mundo para que las usaran los hombres, a fin de
que sirvieran de prueba de su virtud, de tal modo que la libertad de su uso
aumentará el mérito de privarse de ellas. ¿No vemos cómo el padre de familia
sabio deja de propósito cierta libertad a sus siervos en la administración de
sus bienes para experimentar si saben usar de esta libertad con probidad y
modestia? (Tertuliano, Ornato mujeres 2, 10).
No se nos han entregado los bienes terrenos para nuestro uso, de modo que sólo
nos hayan de servir para la saciedad y voluptuosidad de los sentidos camales;
de otra manera no nos distinguríamos en nada de los
animales ni de las bestias, que no saben mirar por las necesidades ajenas y
únicamente saben tener cuidado de ellos y de sus crías (S. León Magno, se.
20, 2).
Todos estamos llamados a la generosidad
Cumplamos también nosotros lo que ordenó Pablo (lCo
16, 2):«Cada domingo ponga cada uno aparte en su casa el dinero que destina
al Señor. Esto ha de ser para nosotros ley y costumbre inviolable, con lo que
no necesitaremos en adelante que se nos exhorte ni aconseje (...). Y ya que
dijo el Apóstol: «El primer día de la semana», añadió: «Cada uno de vosotros».
No habló el Apóstol solamente de los ricos, sino también de los pobres; no sólo
con los señores, sino también con los esclavos; no solamente con los hombres,
sino también con las mujeres. Nadie queda exento de este sacro servicio, nadie
excluido de este negocio, todos han de contribuir (..).
Persuadámonos y hagámoslo así también nosotros. Haya en vuestras casas, a par
del dinero particular, un dinero sagrado puesto aparte, que será una
salvaguardia del otro. Si el dinero de alguien se deposita en los tesoros
imperiales, goza por este mero hecho de gran seguridad; por modo semejante, si en
tu casa depositas el dinero de los pobres que reúnas cada domingo, el uno será
seguridad del otro (...) . De este modo, pues,
depositado allí el dinero sagrado de los pobres, la casa de cada uno ha de
convertirse en una iglesia. Y así, los cepillos que aquí hay son símbolo de los
de vuestras casas. El lugar en que se guarda el dinero de los pobres es
inaccesible a los demonios; y, reunido como está para la limosna ese dinero
protege las casas mejor que escudo y lanza, mejor que las armas, la fuerza corporal
y un numeroso ejército (S. Juan Crisóstomo, Sobre la limosna, h. 1, 3 y 6).
La caridad y la buena voluntad
¡No tiene límite el bien que hace la caridad! Si posee bienes exteriores, da de
los que tiene; en caso contrario, muestra buena voluntad y si puede, aconseja y
ayuda, y si, finalmente, no puede aconsejar ni ayudar, expresa su buen deseo y
ora por el atribulado, y, sin duda, Dios oye antes esta oración que la del que
ofrece pan. Tiene siempre algo que dar aquel cuyo pecho está henchido de
caridad. La caridad misma no es otra cosa que la buena voluntad. Dios no te
exige más que lo que hay dentro de ti. No puede faltar la buena voluntad. Si no
tienes buena voluntad, aunque te sobre el dinero no lo das al pobre. Si tienen
buena voluntad, los mismos pobres pueden ayudarse y hacerse bien
recíprocamente. Considera cómo el ciego es guiado por el vidente. Este no tiene
dinero para dar al necesitado, pero presta sus ojos al que no los tiene. ¿Y
esto por qué, sino porque posee interiormente la buena voluntad, el tesoro de
los pobres? En este tesoro se encuentra el descanso dulcísimo y la verdadera
seguridad. No lo puede robar el ladrón ni ser perdido en un naufragio. «El
justo, por consiguiente, se compadece y presta» (Sal 36, 21) (S. Agustín,
Sal 36, n. 13).
Siervo por la caridad, libre por la verdad
«Servid al Señor con alegría» (Sal 99, 2). Libre es la esclavitud del
Señor; libre la servidumbre, a la cual nos sujeta la
caridad, no la necesidad. «Vosotros, hermanos -dice el Apóstol-, habéis sido
llamados a libertad; pero no sea la libertad pretexto para servir a la carne,
antes servios recíprocamente por caridad de espíritu» (Ga
5, 13). Siervo te haga la caridad, para que libre te haga la verdad. «Si permanecieréis en mi espíritu -dice el Señor-, seréis
verdaderos discípulos míos y conocéreis la verdad y
la verdad os hará libres» (Jn 8, 3 1-2). Eres
a la vez siervo y libre: esclavo, porque has sido creado; libre, porque eres
amado por Dios, que te ha hecho, y, en consecuencia, también libre, porque amas
a Dios, que te ha creado (S. Agustín, Sal 99, n. 7).
La caridad fundamento del bien
La caridad todo lo tolera (l Co 13, 7) y no
quebranta la unidad, de la que ella misma es su más fuerte vínculo. También el
siervo del Evangelio recibió un talento, por el que se significa todo don de
Dios; sin embargo, dice el Evangelio: «Al que tiene se le dará y al que no
tiene se le quitará aun lo que tiene» (Mt 25, 29).
No puede ser quitado lo que no se tiene, pero al siervo le falta algo y con
razón se le quitó lo que tenía; no tenía la caridad para usar bien, de modo que
se le quitó todo lo demás, porque sin la caridad nada aprovecha (S. Agustín,
A Simpliciano 2, 10).
Las obras de caridad
Amadísimos, nadie se jacte de algunos méritos de su buena vida si le faltan las
obras de caridad, ni se crea seguro de la pureza de su cuerpo quien no se
limpia con la purificación de la limosna. Las limosnas borran los pecados y
destruyen la muerte, pues extinguen la pena del fuego eterno. Quien esté vacío
de sus frutos será extraño a la indulgencia del que ha de juzgar, según dice
Salomón: «Quien se tapa los oídos para oír al débil, él mismo invocará al Señor
y no hallará quien le escuche» (Pr 21, 13). De
aquí que también Tobías inculcará a su hijo la piedad. «De tu hacienda -dice-
haz limosna, y no apartes tu rostro del pobre; de este modo sucederá que Dios
no apartará su rostro de ti» (Tb 4, 7). Esta
virtud hace que todas las demás sean útiles y también la misma fe, por la cual
vive el justo (Ha 2,2; Rm 1, 17, Ga 3, 11), la cual sin obras está muerta (St 2, 26), es vivificada por su unión, Por que así como
la razón de las obras está en la fe, la fortaleza de la fe se halla en las
obras. «Así, pues -como dice el Apóstol-, hagamos bien a todos, especialmente a
los domésticos de la fe» (Ga 6, 10). «No nos
cansemos de hacer el bien: a su tiempo recibiremos la recompensa» (Ibíd. 9)
(S. León Magno, se. 10, 2).
No encojas la mano para dar
No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar (Didaché 4, 5).
Es rico el que da
«Hay quienes, al sembrar, recogen más» (Pr 11, 24):
aquellos de quienes se escribe: «Derramó, dió a los
pobres, su justicia permanece para siempre» (Sal 111, 9). De suerte que
no es rico el que posee y guarda,
sino el que da;
y este dar, no el poseer, hace al hombre feliz. Ahora bien, fruto del alma es
esa prontitud en dar. Luego en el alma está el ser rico (Clemente de
Alejandría, Pedagogo 3, 6).
Se condena al que no da de los suyo
¡Qué horror, qué sudor y tinieblas no te rodearán
cuando oigas la otra sentencia de condenación: «Apartaos de mí, malditos, a las
tinieblas exteriores, que están preparadas para el diablo y sus ángeles. Porque
tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed y no me distéis de beber, estaba
desnudo y no me vestistéis» (Mt
25, 41). No se acusa ahí al ladrón, sino que se condena al que no quiere
dar de lo suyo (S. Basilio, H. Destruam 8).
La limosna, don y préstamo
¿Cuál es el consejo del Señor? «Prestad a quienes no tenéis
esperanza que os devuelvan lo prestado» (Lc 6, 34).
¿Y qué préstamo es ése -me decís-, al que no va junta la esperanza de pago?»
Entiende el sentido del dicho del Señor y admirarás la bondad del que da esa
ley. Cuando das al pobre por amor del Señor, una misma cosa es el don y el
préstamo. Don, primeramente, porque no hay esperanza de recibir nada a cambio;
préstamo, también, por el gran galardón de parte del Señor, que te pagará por
el pobre, y por una nonada, recibida por manos de éste, te devolverá grandes
sumas (S. Basilio, 11. contra usureros 5).