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RECUERDOS DE

LA VISITA DEL ARZOBISPO

 

ANÁLISIS
Histórico
Es la primera vez en la historia de la Iglesia Católica de Tucumán que un obispo entra en una carpa gitana. Y más isólito aún que haya impartido un sacramento tan esencial para la vida cristiana, como es el bautismo. La visita marca un hito en la vida social y religiosa de Tucumán. Por un lado, monseñor Luis Villalba hizo carne la tarea de la Nueva Evangelizacion que significa “llegar a todos”. Y por el otro, el ingreso de LA GACETA en una de las comunidades más enigmáticas permitió levantar las cortinas para descubrir a una sociedad con menos secretos, con más tolerancia.

Magena Valentie

 
Una familia con más de 3.000 miembros
La comunidad gitana de Tucumán cuenta con unas 150 familias, distribuidas en la capital y en el interior. La mayoría está emparentada entre sí, sólo hasta el grado de primos. “Para dar una idea, la familia Juan tiene más de 3.000 miembros”, cuenta animadamente Tomás Juan, vestido de riguroso traje, con corbata y chaleco. Lo escuchaban atentamente algunos familiares y vecinos, sentados alrededor de una mesa, donde el invitado de honor era el arzobispo Luis Villalba, y el párroco de El Salvador, padre Miguel Alderete Garrido. LA GACETA también fue invitada.
Un té gitano, con canela y frutas (manzana, banana y limón) inauguró un abundante aperitivo, que incluía pollo y ensalada. El plato fuerte era estofado de cerdo y pollo que se cocinaban en grandes fuentes sobre el fuego a leña y al aire libre. Monseñor Villalba no alcanzó a saborear esta parte del menú. Pero durante el aperitivo disfrutó de una charla en la que se develaron las costumbres gitanas.
“En nuestra comunidad, los casamientos duran de una semana a diez días (y por las noches se descansa). Hace tiempo, las niñas se casaban a los 13 o a los 14 años, pero ahora ya no. Lo hacen a los 17 o a los 18 años. El padre sigue eligiendo al candidato para asegurarse de que sea respetuoso y buena gente”, explica Juan. “¿Y si a la chica no le gusta?”, intervino una vecina. “Sí le va a gustar”, dijo el hombre, cerrando toda discusión.
La dote, entre las familias gitanas, existe todavía. “El padre de la novia entrega entre $ 20.000 y $ 25.000 al padre de la chica. Como regalo de casamiento, los gitanos se juntan, abren un enorme pan cacho por el medio y le extraen la miga. Cada uno coloca dentro su regalo: una medalla de oro, $ 5.000 o $ 10.000 (se va anunciando en voz alta lo que pone cada uno). Se le entrega el pan al padre del muchacho, con quien van a vivir los novios el primer tiempo”, cuenta. Ante las insistentes preguntas de LA GACETA, Juan le propuso a la cronista: “¿no se quiere casar conmigo, así conoce mejor la vida gitana?
En una muestra de apertura, los gitanos recibieron al arzobispo
 
EN LA CARPA. Monseñor Villalba bautizó a dos niñas y bendijo a la comunidad de gitanos, que recibió con alegría la visita del arzobispo.
“La comunidad cristiana te recibe con alegría”.

“Queremos ser más modernos”, le dijo un hombre a Villalba, que bautizó a dos niñas.

 
“Queremos romper la tradición de gitanos; queremos ser más modernos y bautizar a nuestros hijos”, aseguró Fabián Juan Coribán, uno de los líderes de la comunidad que vive en Coronel Suárez al 1.100.
Este grupo de gitanos, conformado por 14 familias, dio ayer una significativa muestra de esa apertura que profesan: recibieron en su hogar al arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Villalba. La comunidad se vistió de gala. Levantaron las lonas de todas las carpas y exhibieron sus vistosas cortinas y alfombras, en contraste con los pocos muebles que había en su interior.
En el medio de una carpa armaron un pequeño altar con una mesa vestida de blanco, un Cristo iluminado con velas y una tina con agua. Allí el arzobispo bautizó a dos niñas. “La comunidad cristiana te recibe con alegría”, les dijo monseñor a Carola y a Marisol, ambas de un año y medio. Otra prueba de la apertura que exhibe esta comunidad son los padrinos “criollos” que eligieron, como les llaman ellos a quienes no son gitanos. “Cuando era chica mi familia vivía de un lado para el otro. No recuerdo de dónde eran mis padres. Lo que sé es que estamos un poco cansados y ya queremos vivir en un solo lugar”, confesó Aída Juan, una anciana de 75 años, considerada “la madre de todos”, al describirle a LA GACETA otro de los cambios que manifiesta la comunidad. Para agasajar al arzobispo ofrecieron té gitano, con canela y frutas (manzana, banana y limón), y luego sirvieron estofado de cerdo, pollo y ensalada, todo cocinado a leña y al aire libre.
La comunidad gitana en Tucumán cuenta con más de 150 familias, radicadas en la capital y en el interior de la provincia.
 

Los gitanos abren sus carpas a la Iglesia     

                
 

Más abiertos
Hace varios años que las 14 familias que conforman el campamento habían comenzado a abrirse a la comunidad. Y la prueba de ello fueron los padrinos “criollos” (como dicen ellos) que eligieron; Ely Robles y Luis Pérez -por Marisol- y la doctora Elena Núñez y Edgardo Plaza -por Carola-. Un puñado de vecinos se sumó a la celebración.
“Queremos romper la tradición de gitanos; queremos ser más modernos y bautizar a nuestros hijos”, explicó Fabián Juan Coribán. “Sí, y tampoco tenemos jefe, como ocurría antes; ahora cada uno manda en su familia”, añadió una bella joven soltera, de 26 años, Alicia Juan.
Monseñor Villalba llegó a la carpa de los gitanos como parte de su visita pastoral al distrito de la parroquia El Salvador. Días pasados, había visitado a enfermos; la escuela del barrio y el calabozo de la comisaría 10. Después del bautismo, recorrió las carpas bendiciéndolas, siempre en compañía del párroco de El Salvador, padre Miguel Alderete Garrido.

La madre de todos
En la carpa de Aída Juan, una anciana de 75 años con los ojos más celestes de toda la comunidad (todos tienen ojos claros), uno de sus hijos la presentó así: “ella es la madre de todos”. En su casa había un altar con cuatro imágenes de la Virgen del Valle. “Los gitanos somos muy religiosos”, dijo la mujer más antigua de la comunidad. Aída dice que es argentina, madre de ocho hijos y abuela de tantos nietos, que ya perdió la cuenta. “Cuando era chica mi familia vivía de un lado para el otro. No recuerdo de dónde eran mis padres. Lo que sé es que estamos un poco cansados y ya queremos vivir en un solo lugar”, confesó la mujer de largas trenzas grises.
Aunque los niños gitanos no van a la escuela y son sus tías solteras las que les enseñan a leer y a escribir, los chicos aprenden tres idiomas desde que nacen: húngaro, castellano y el dialecto gitano.

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